HISTORIAS DE UN HOMBRE DECONSTRUIDO

domingo, 17 de julio de 2011

MERECIÓ LA PENA

            El primer golpe no lo ves venir. Es seco, directo… contundente. Y antes de que puedas reponerte, antes incluso de que te dé tiempo a preguntarte qué ha pasado, llega el segundo. También en la boca.
            Tu cuerpo (cuestión de física), cede hacia atrás mientras tus brazos se mueven estúpidamente en el aire haciendo aspavientos. Pero no llegas a caer porque él te agarra de la camisa y te sostiene un instante, apenas unos segundos. Los justos para que empieces a notar el dolor punzante, palpitante, que domina tus mandíbulas. En medio de la confusión logras ver su rostro; te es familiar pero está deformado por la furia que irradia. Una furia que puedes oler, sentir…, verla emanar de sus ojos como el vaho que abandona el cuerpo tras una ducha caliente, como un suspiro en una noche de invierno.
Como un fuego fatuo.
Sea quien sea, ha escogido un buen lugar para atizarte. De noche muy poca gente pasa por aquí, las calles adyacentes están mejor iluminadas y casi nadie se adentra en ésta a menos que viva en ella. Hay mil rincones desde los cuales, cualquiera, puede darte un susto antes de que repares en él.
            El tercero sí lo ves venir y cierras los ojos poco antes de que su frente arremeta contra tu nariz y te rompa el tabique. Al momento suelta la camisa y caes al suelo. A plomo.
            Ahora no eres más que un pelele, un saco de patatas, una bolsa de basura tirada en medio del asfalto. Y te trata como tal. Comienza a darte patadas; una tras otra, sin piedad. Tus gritos se funden con los suyos («esa voz…»), e intuyes, más que entiendes, los insultos y maldiciones que profiere mientras trabaja tus costillas. En este momento no sabes si has adoptado la posición fetal para cubrirte instintivamente de los golpes o es que tu cuerpo, sin más, se contrae por el dolor.
            Repentinamente cesan las patadas y sus improperios se tornan casi inaudibles. Parece estar susurrando, mascullando. Distingues unos pasos. «Quizás haya aparecido alguien y decida huir», piensas. Te apoyas con torpeza sobre la pared e intentas, en vano, levantarte. Así que terminas sentado en el suelo, con las piernas estiradas y la espalda reposando sobre los duros ladrillos, mirando alrededor. No hay nadie. Sólo el tipo que acaba de destrozarte a palos, el cual parece haber dado el linchamiento por concluido. Le ves alejarse; se acerca a un coche. Suspiras aliviado, pero entonces reconoces el Mercedes blanco.
            «¡Joder!».
            Abre la puerta del conductor. No entra, parece estar buscando algo bajo el asiento. Y ves que se incorpora portando un bate de beisbol en la mano izquierda.
            Sabes quién es antes de llegar a distinguir bien su cara entre las sombras. Zurdo, cochazo último modelo y una buena razón para querer matarte.
            «¿Cómo se habrá podido enterar?».
            Fuisteis discretos, tú y su mujer. Él siempre estaba de viaje. Negocios. Claro que te la habrías follado aunque os lo hubiese puesto difícil, nunca has podido evitar ceder a los impulsos. Casadas, solteras, viudas, novias de amigos, novias de enemigos… ¿Acaso importaba? Si de algo has hecho gala a lo largo de los años, ha sido de poseer una moral lo suficientemente flexible como para no reparar en ese tipo de detalles. Nunca has permitido que semejantes menudencias robaran un solo minuto a tu conciencia.
            Y él se acerca con paso tranquilo, agitando el bate y trazando círculos con él, en el aire. Quiere disfrutar del momento. Notas como trata, en vano, de disimular su ira, de relajar la mueca de rabia que domina su rostro y sustituirla por una sonrisa a medio camino entre el gozo y una impaciencia infantil, como un niño que no puede esperar más para abrir sus regalos de cumpleaños. Pero sus ojos le delatan.
            Deduces que no es el mejor momento para explicarle que fue ella la que lo empezó todo, la muy puta. Que aquella primera vez, en el servicio de la segunda planta, mientras él charlaba con el resto de la familia, fue ella quien entró y te la chupó hasta que descargaste en su boca. Tú sólo habías subido para mojarte un poco la cara y el cuello. Estabas acalorado por tanto alcohol.
            Pero te dices a ti mismo que estas cosas no suceden así, sin más. Que sería cínico echarle toda la culpa a su mujer. Está claro que ella no habría subido esa noche si no hubieses dado pie a ello, si no hubieses tonteado durante meses, si hubiese temido un rechazo por tu parte.
            Y ahora la ves, a Cristina. Desnuda. La recuerdas riendo, gimiendo, recogiéndose el pelo, vistiéndose y apremiándote para que te largues; que sus hijos no tardarán en salir del colegio.
El primer batazo te rompe una costilla, oyes bien el «crack» procedente de tu costado. El segundo impacta en la cadera. Y es que sabe repartir bien los golpes, el cornudo, de manera uniforme y contundente. Nunca lo habrías llegado a imaginar, no viniendo de Álex.
Aceptas la paliza estoicamente, no le dices que pare. No suplicas ni su perdón ni su clemencia. Y, tras lo que se te antoja una eternidad, cesan los palos. Ésta vez parece la definitiva. Desde el suelo lo ves caminar, de nuevo, hacia el coche.
Quieres decírselo, pero apenas si tienes fuerzas para hablar. Intentas llamarlo y lo único que sale de tu boca es sangre. Por fin consigues articular una sílaba, un «Ehhhh» más escupido que articulado.
Se para y gira la cabeza hacia ti. Te observa por el rabillo del ojo.
«Ehhhh, vamos, acércate», aciertas a pronunciar.
Pero no lo hace, sigue en el sitio, clavado. Decides que es el momento de decírselo.
«Hermanito: Mereció la pena follarme a tu mujer».
Ahora sí se da la vuelta. Y sonríes; sabes que el siguiente golpe será el último.

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